Un turista llegó a Canadá con su mochila llena de preguntas. Mientras caminaba por un parque, vio a un canadiense sentado tranquilamente, disfrutando de un día soleado.
El turista, lleno de curiosidad, se acercó y le preguntó:
—Oye, ¿por qué los canadienses siempre dicen «eh» al final de las frases?
El canadiense lo miró, sonrió con calma y respondió:
—¿Eh? No sé, ¿tal vez es por amabilidad, eh?
El turista, un poco confundido, insistió:
—Pero, ¿no les parece raro?
El canadiense se rascó la cabeza, pensó un momento y dijo:
—Bueno, eh, podría ser raro para ti, pero para nosotros es normal, eh. Además, ¿qué tiene de malo ser un poco educado, eh?
El turista no pudo evitar reírse. El canadiense le ofreció un poco de sirope de arce y juntos se rieron mientras compartían historias.
El turista aprendió que, aunque algunas cosas pueden parecer diferentes, siempre hay algo especial en cada cultura.
Y desde ese día, cada vez que decía «eh», recordaba a su nuevo amigo canadiense y sonreía.
Y colorín colorado, este cuento de «eh» ha terminado. ¿Eh?
Reflexión
Este cuento nos enseña algo muy importante: cada país, cada cultura y cada persona tiene su propia manera de expresarse, y eso es lo que hace al mundo tan interesante y diverso.
En la historia, el turista se sorprende al descubrir que los canadienses usan «eh» al final de sus frases, algo que para él parece extraño, pero que para los canadienses es completamente normal. Esto nos recuerda que no hay una forma «correcta» o «incorrecta» de hablar, solo hay formas diferentes.
A veces, lo que nos parece raro o diferente en otros puede ser algo hermoso y único. Las palabras, los acentos y las expresiones son como colores que pintan el mundo. En algunos países, la gente habla rápido; en otros, más despacio.
Este cuento nos invita a celebrar las diferencias y a ser curiosos, como el turista, pero también a ser amables y pacientes, como el canadiense. Porque al final, aunque digamos «eh», «ah» o «oh», lo que realmente importa es cómo nos conectamos con los demás. ¿Eh?